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¿Te has planteado alguna vez si tu negocio está sacando todo el potencial de su estrategia? ¿O si las ideas que surgen internamente dejan fuera puntos clave que podrían ser determinantes para el futuro de tu empresa? La realidad es que, por muy capacitado que esté tu equipo, llega un momento en que toda organización necesita una perspectiva imparcial, fresca y experta para llevar su reflexión estratégica al siguiente nivel.

En un artículo anterior, titulado “¿Valen para algo los planes estratégicos?”, abordé la importancia de tomarse en serio la elaboración de un plan de largo alcance. En esta ocasión, me gustaría profundizar en una idea complementaria: la conveniencia de contar con apoyo externo a la hora de diseñar y replantear nuestra estrategia.

La pregunta inevitable es: ¿Por qué contratar a un consultor o asesor externo cuando ya tenemos un equipo sólido y con experiencia? Entre otras razones, porque un profesional externo aporta objetividad y una visión menos condicionada por la cultura corporativa y las dinámicas del día a día. Muchas veces, dentro de la empresa, el entorno nos absorbe y nos dificulta ver con claridad posibles ineficiencias o vías de desarrollo. Un consultor experimentado puede detectar rápidamente oportunidades y amenazas que, de otro modo, pasarían desapercibidas.

Otro aspecto relevante es la especialización. Hay consultores y asesores que se dedican a analizar mercados, tendencias y modelos de negocio de forma permanente, lo que les permite acumular un bagaje único. Contar con alguien que “respira” estrategia, innovación y gestión del cambio a diario puede ayudarnos a tomar atajos en el proceso de reflexión estratégica, evitando cometer los mismos errores que otras compañías ya han cometido.

Por supuesto, también surgen dudas sobre el coste: ¿No es muy caro contratar a alguien externo para que nos ayude en este proceso? La realidad es que el abanico de posibilidades es amplio, y no todas las opciones implican enormes desembolsos. Existen colaboradores que se integran durante un periodo corto y definido, que trabajan por proyectos o que facturan por fases, lo que permite ajustar la inversión a las necesidades y dimensiones de cada compañía. Con frecuencia, la magnitud de los beneficios —nuevas oportunidades de negocio, ahorros significativos, mejora de la competitividad— supera con creces los gastos iniciales.

En mi propia experiencia como abogado y consultor, he visto cómo incluso pequeñas y medianas empresas, con presupuestos limitados, han transformado su forma de operar y de dirigirse al mercado gracias a un acompañamiento estratégico puntual.

Además, el retorno de la inversión no se limita a aspectos tangibles. Un consultor externo contribuye a mejorar la cultura de la empresa y a fomentar la colaboración entre departamentos. Cuando la plantilla observa que la dirección busca ayuda externa y adopta nuevas ideas, se genera un clima de aprendizaje continuo y de apertura al cambio. Con el tiempo, esto suele traducirse en más agilidad para responder a los retos del mercado.

Otro elemento a destacar es el ahorro de tiempo. Muchas organizaciones invierten meses —a veces años— en debates internos que no llegan a conclusiones sólidas. Un profesional ajeno puede agilizar el proceso de toma de decisiones al aportar herramientas y metodologías probadas, evitando estancamientos y discusiones interminables. Cerrar las cuestiones críticas con eficacia permite enfocar la energía del equipo en la ejecución de las acciones definidas en el plan estratégico.

En definitiva, contar con apoyo externo en la reflexión estratégica no es solo una buena práctica, sino un paso prácticamente imprescindible si queremos aprovechar todas las oportunidades que nuestro entorno nos ofrece. El coste de no hacerlo puede ser mucho mayor que la inversión requerida para dar con la persona adecuada, pues asumir riesgos sin un mapa claro es una de las principales causas de fracasos empresariales a medio plazo.

Comparte tus ideas en los comentarios y, si todavía no lo has hecho, no dejes de leer mi anterior artículo para conocer mejor la relevancia de elaborar un plan estratégico sólido. A veces, un pequeño cambio en nuestra forma de pensar puede desencadenar grandes transformaciones en el negocio.

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